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En torno al retrato

Muestra colectiva

Del 18 de Octubre al 30 de Noviembre de 2007  - Entrada: libre y gratuita

 
 
 

Coordinación: Jorge Gutiérrez. Artistas de Grupo La Baulera

Texto de Ana Claudia García

 

A mi entender, esta muestra nuclea a nueve artistas tucumanos bajo un recorte curatorial que pivotaría sobre dos conceptos operativos. Uno de ellos estaría vinculado a pensar el retrato aquí y ahora. Con esto quiero decir, considerar este género en un marco contemporáneo. El otro concepto -un poco más complejo, por cierto- anclaría en la posibilidad de poner en relación la adscripción a un género (el retrato) con una tendencia del arte contemporáneo, concretamente, con el conceptualismo. Y, si mal no interpreto, esta puesta en relación tendría un objetivo primordial: poner énfasis en unos modos expresivos que pondrían en tensión el retrato con otros géneros que conviven sin conflictos dentro del conceptualismo puro y duro. Frente a las obras, y de cara al corte curatorial que pone en relación estas ideas, intentaré un recorte interpretativo. Aclarando, desde ya, que arriesgaré hipótesis en relación a la problemática propuesta por Gutiérrez; y que ellas tienen una finalidad última: establecer un punto de vista singular que no pretende ser unívoco sino divergente. Para comenzar, me arriesgaría a proponer que hoy, dentro del arte contemporáneo, nada es tan puro ni tan duro. Ni siquiera, el arte conceptual. Si algo caracteriza al arte actual, creo yo, ese algo es lo lábil. Un compuesto inestable, resbaladizo, que en su propia dinámica de desenvolvimiento se trasforma a cada rato en otra cosa. El arte conceptual, por su parte, no escapa de esta generalización. Si bien esta proposición puede ser discutible, no resulta para nada descabellado pensar la contemporaneidad en el arte desde esta perspectiva. O sea, como algo que no se deja definir de una vez y para siempre, ni en las tendencias ni en los géneros. A mi modo de ver, resultaría más productivo abordar la problemática que plantea Gutiérrez descentrándola de esta discusión, y situándola en relación a las estrategias productivas y receptivas diseñadas por los nueve artistas –tan contemporáneos como cualquier otro-, pues con sus producciones contribuyen a rediseñar las fronteras interpretativas, no ya del crítico, sino del público. El retrato: una apertura al otro Desde el lado de la recepción, un retrato –en cualquiera de las técnicas, medios y soportes en los que se presente- ejerce una fascinación que el objeto conceptual, creo yo, no alcanza a suscitar. Trataré de explicarlo brevemente. Esta fascinación, según creo, tiene que ver con que en el retrato se pone en juego un reflejo: un-dejarse-ver-en-otra-cosa. Mientras que en el objeto conceptual se pone en juego algo del orden de lo refractario. Si tuviera que definir en unas cuantas palabras el retrato en general, diría que en él siempre hay una apertura al otro. Pues, sin esa apertura, creo, resultaría difícil describir -y reflejar en esa descripción- la figura o el carácter del representado. Si de algo trata el retrato, más allá de la captura de las apariencias, ese algo refiere a las cualidades de las personas; sean éstas físicas, morales, o cualesquiera que el artista decida enfatizar. En contraposición a esta apertura, el arte conceptual más estricto ha llegado a producir objetos casi autistas. Y digo autista en el sentido del ensimismamiento. En efecto, a tal punto llega el repliegue sobre sí mismo, y su cripticismo, que mucha de las veces las estrategias de recepción fracasan. ¿Y esto por qué? Porque la objetualidad conceptual no mantiene las convenciones, ni mucho menos los códigos de significados, que sí ha logrado mantener el retrato. Lo que me interesa apuntar es que no se trata de que uno sea mejor que otro, sino simplemente que son diferentes. Ahora bien, si se acuerda en que al retrato le es inherente un reflejo que posibilita dejarse ver en otra cosa, se podría sostener al mismo tiempo que este movimiento especular lo realiza en un sentido doble. Por un lado, las cualidades del retratado se ven reflejadas en la obra. Por otro, el espectador -hasta el más desprevenido- se ve reflejado en él. Y no porque logre parecérsele fisonómicamente al retratado, sino más bien porque se reconoce como sujeto humano en la imagen del otro. Ese reconocerse y esa fascinación en el reconocimiento es, en definitivita, lo que nos afecta. Reflejados y afectados Una de las primeras preguntas que me hice, en relación a la muestra, fue si existía un denominador común entre los nueve artistas. Y creo que una respuesta posible sería que la mayoría de ellos están relacionados en forma afectiva, de una manera u otra, con los retratados. Se trata, en algunos casos, de parientes más o menos directos (R. Teves, G. Varsanyi); en otros, de amigos (N. Lipovetzky, R. Cañás, R. Juárez). Se trata también de todas las personas que conoce el artista (R. Mirabella); como asimismo, de algunas en particular (J. Juárez, M. Zevi). Incluso, se trata, de las que todos conocemos porque son personajes públicos (A. Gómez Tolosa). Pues bien, donde hay afecto hay afección. Y aunque yo-espectador no conociera estas relaciones vinculares entre el retratista y el retratado, porque no están explícitas o porque son del orden del secreto, o de lo fantasmático, o de lo íntimo privado, lo mismo se establecería una relación empática con la imagen. ¿Y por qué acontecería esto? Porque en la identificación afectiva, que posibilita el retrato, el espectador logra percibir algo que trasciende la imagen, y ese algo es un afecto que el artista ha logrado extraer de la afección (el concepto es de Deleuze). Para concluir, en la circularidad afectiva entre el retratista y el retratado ha irrumpido un tercero, el espectador, que vuelve a extraer de la afección, como quiere y como puede, un afecto.

 
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