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Pequeños ejercicios contradictorios (deschavando la cocina).

Pequeños ejercicios contradictorios (deschavando la cocina).

Armando Sapia

Del 26 de Julio al 27 de Agosto de 2011 - Inaugura: 19hs  - Entrada: libre y gratuita

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Meditación sobre la crueldad  / por Jorge Garnica
 


                                      “… en ese cuarto no pienso entrar.”
                                                                     André Breton
 


Sin duda, al dibujar dejando el pulso librado al azar, nuestro cuerpo se torna transmisor de vibraciones inconsciente. Obtener libertad profunda no es tarea sencilla, para ello se debe acceder a un estado de ataraxia. El esfuerzo por obtener ese estado ideal será vano sin el conocimiento de mecanismos adecuados. Somos occidentales y culturalmente no estamos preparados para ello. Sin embargo, en los artistas –por su hacer-, este estado se da con frecuencia.
 
Armando Sapia presenta en la Galería Atica, dibujos de pequeño formato; son apuntes de sus cavilaciones. En un autotexto el artista nos hace conocer sobre la manera que se aproxima a la hoja en blanco: “Ese es el instante que el tiempo se sosiega…”, escribe.

Las obras que se exhiben están dispuestas de manera desordenada, algunas sobre marcos convencionales y otras en pequeños portarretratos ensamblados, caprichosamente, tal como se los pueden encontrar sobre una lápida. Pero no vemos allí grafismos virtuosos ni rostros familiares, lo que podemos observar es la crueldad humana desplegada en viñetas.

Somos arrojados al mundo sin solicitarlo y él nos recibe con crueldad, malestar que nos acompañará toda la vida. Habitaremos un receptáculo transitorio y en el trayecto que va de un umbral a otro encontraremos sorpresas y dificultades, exigiéndonos repensar la vida en cada paso dado.
                                                                         
Sapia expone postales que parecen llegadas del infierno. Trabajos mínimos nos remiten a los horrores de Guantánamo, Abu Ghraib o cualquier cárcel; a los abusos de poder y a todas las calamidades imaginables en estos días. No difieren de las que a lo largo de la
historia de la humanidad nos acompañan. Compañeras de nuestra existencia; lamentablemente, y que, con la proliferación de los massmedia, se nos vuelven cada vez más comunes a nuestros ojos; insensibilizándonos, agotando nuestra capacidad de asombro.
Así, el desclasado en sus reclamos se nos torna molesto con su presencia, también el perseguido y humillado; comienzan a desdibujarse a nuestro alrededor. Miramos hacia otro lado.
Son atrocidades humanas, porque es esta especie la que puede desarrollar crueldad; los animales en su perfección sólo operan por instinto de supervivencia. Vale preguntarse por qué un hombre somete a su prójimo, por qué lo despedaza o lo parrilla en nombre de Otro que se impone como verdad.

En esta encrucijada la salida está en nosotros mismos, en el rescate de nuestra singularidad, distanciándonos de la masificación propuesta por el pensamiento único. La búsqueda de uno mismo contemplando el espacio que habitamos; aún cuando nos horrorice. Se debe entender en profundidad el momento en que se vive y actuar con el antiguo sentido común (social); aquel que transformado en proceso meditativo le confiere a todo ser la posibilidad de habitar un espacio Etico.

Todo artista debe asumir con responsabilidad lo que produce y entender que la visibilidad que posee es legitimación obtenida por un entorno que lo distingue, sin que ello constituya autorización para ejercicios banales.

Existen muchas maneras de decir y expresar –infinitas-; y todas nos pueden otorgar libertad.
Los objeto que producimos no necesitan ser documentos complejos, ni alegatos violentos, una simple hoja de block que documente la intimidad de un meditación puede ser un  espacio luminoso que irradie por un instante comprensión. Siempre es mejor comprender que juzgar; los juicios son posteriores y llegan tarde.
 

TEXTO DEL ARTISTA

 

Creo que es en uno de sus “Manifiestos” donde André Breton, fastidiado, enumera de  una página de Dostoievsky el meticuloso detalle del espacio y del mobiliario de cierta habitación para despues exclamar: en ese cuarto no pienso entrar nunca!
Por oposición, la hoja en blanco dispuesta sobre el tablero se asemeja a un ambiente deshabitado que pronto estaremos tentados de ocupar.

 

¿Dispondremos entonces con mansedumbre de ese espacio de acuerdo a las fotografías que llenan  las revistas de los domingos, sabiendo de antemano en donde colocar la mesa con sus sillas, el juego de sofá apropiado para cuando vengan las visitas, el lugar que se adecue al tamaño del nuevo televisor, el soporte que guarde los “best-sellers” recomendados por un amigo que sabe? ¿Colgaremos esos cuadros que siempre nos parecieron  horribles pero que respetamos porque según afirma el texto del catálogo en  ellos…  la intertextualidad dialoga en el vértigo alucinando la exégesis impuntual de la mirada...?
¿O bien, vacilaremos para luego acurrucarnos sin amparo en un costado del cuarto, en espera de que el cuerpo tome su decisión  de acuerdo a la propia necesidad de entorno?
(Soy el que indeciso, siempre estará parado en el umbral.)

 

Ese es el instante que va del tintero al plumín y de éste al papel en  el que  el tiempo  en suspenso se sosiega, para acelerarse al atreverme al fin  a marcar  un pequeño trazo (cualquier forma de trazo)  sin un sentido determinado.  Una segunda y luego una tercer  y cuarta línea hacen que ahora presienta, aunque sin claridad todavía, hacia que objeto quiere obligarme la mano.  No me opongo.  Trato de no hacer valer el deseo de mi razón para dirigirla.  Y en ese rasgo entintado, que después me sorprende,  descubro una forma que era imprevista hace escasos momentos. Que tal vez, si vale, sirva luego para desarrollar algún nuevo trabajo, o una serie, si no me domina la pereza.
(Ahora, casi soy dueño de la habitación.)

 

Si digo que me dejo llevar es  para que no sea mi voluntad ni tampoco mi experiencia las que conduzcan el dibujo, porque tanto una como la otra  son hábiles en ardides  y por lo tanto poseen memoria recurrente de lo que alguna vez fui capaz de realizar.  Sin embargo se muestran torpes e inútiles para lo que todavía no ha sido concebido. El mayor pecado, tal vez, sea el de aquel que no evita mirarse en el propio espejo.
Y como el querido colega Bartleby,  también a veces estoy tentado de decir preferiría no hacerlo. Pero esa débil réplica me devolvería de un solo golpe a la conciencia engañosa que marcan  los calendarios, al encierro perdidas las llaves.  Al previsto pero brutal corte postrero.
Todo este palabrerío  es para tratar de justificar,  paternalmente, esta miscelánea muestra de pequeños ejercicios nacidos sin próposito y contradictorios en su estilo.  Pero sé que finalmente, mudos, cada uno de ellos deberá defenderse por sí mismo.  No tienen otra alternativa.

 

a.s. junio 2011

 

ARTISTAS PARTICIPANTES

 
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