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Relatos de la desolación en México

Relatos de la desolación en México

Muestra colectiva

Del 02 de Julio al 10 de Septiembre de 2016 - Inaugura: 12hs  - Entrada: libre y gratuita

 
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Curadora:
Lelia Driben.

Esta exposición de tres fotógrafos mexicanos que hoy alberga ArtexArte - Fundación Alfonso y Luz Castillo, está deliberadamente pensada como una pequeña colectiva, con el objetivo de que cada uno de los artistas pueda entregar a la mirada del observador, un panorama nítido de su producción. A partir de esta aclaración, es necesario nombrar a cada uno de ellos y remitirnos a sus obras.
 
Retratista consumado, capaz de explorar intensamente a cada uno de sus personajes, José Luis Cuevas exhibe dos series denominadas “Nueva Era” y “El hombre promedio”.
Juan Carlos Onetti decía, más o menos con estas palabras, que toda ficción conlleva nuestra autobiografía. Es justamente eso lo que sucede con “El hombre promedio”. Su autor estudió mercadotecnia y al poco tiempo la abandonó, eligiendo la fotografía como su verdadera actividad.
 
Por su lado, Yael Martínez, en su serie “La casa que sangra”, habla del México actual, atravesado por la violencia, la desaparición de personas y el crimen organizado. Bien vale reiterar algo que está implícito en el párrafo dedicado a este autor. A partir del secuestro de tres integrantes de su familia, comenzó la saga que rodea, roza, se acerca al duelo por la ausencia, por los que ya no están.
 
Desde hace largos años, Rodrigo Sánchez es un notable artista fotógrafo. Y también él recorre el país, el campo y la ciudad. Deambula por la noche y por los bares, descubre rincones insólitos, sabe encontrar el instante en el que un personaje debe ser captado por la lente, convirtiéndose en otro buen retratista. Sánchez nunca expuso en ningún lado pese a tener una excelente formación. Y ahora ingresa por la puerta grande. Expone nada más y nada menos que en Buenos Aires, y en ArtexArte.
 
Lelia Driben

TEXTO CURATORIAL

 
José Luis Cuevas
 
Tengo frente a mí la imagen de un paisaje envuelto por la bruma, al anochecer. Sutil, levemente, desde el fondo de la misma fotografía, porque esto que estoy viendo es una fotografía, asoman  las siluetas de otro estado del paisaje. Es, en cierto modo, algo indefinible. Como indefinible resulta aquello que sucedió, o que está por suceder, en ese sitio tomado por la cámara de José Luis Cuevas. Ahora bien, cabe la posibilidad de que en ese lugar nunca ocurra nada, que sea un sitio retirado del mundo, de toda acción y de toda presencia. Sin embargo, sospechamos que, oscuramente o no, hay una amenaza. Nueva Era
 
Esa amenaza resulta coherente con la propuesta del artista que se dirime en el título de la serie, “Nueva Era”, cuya consumación consistió en enfocar ceremonias y protagonistas de religiones derivadas del cristianismo y atravesadas por rituales y profecías que incluyen la idea del apocalipsis y la renovación. De ahí que los dos paisajes del conjunto estén colmados de cenizas, allí donde el fuego conlleva la creencia en la purificación. El autor de esas obras viajó por varios países latinoamericanos para concretar esta experiencia que se enclava en el encuentro con lo otro, lo no occidental, la periferia simbólica de Occidente.
 
En tal contexto, se insertan el personaje y el niño con los ojos cerrados. Pero tal vez, el protagonista más enigmático de la serie sea ese hombre cuya mirada viene de lejos, de una región oscura, muy oscura, en suspenso y en silencio. Ahora bien, lo más terrible  de “Nueva Era” son los hombres caídos en el suelo, en estado de trance, como si buscaran mostrar toda la crueldad implícita en eso que suele llamarse la triste condición humana.
 
Finalmente, en la serie denominada “El hombre promedio”, José Luis Cuevas exhibe su condición de retratista a ultranza. No en vano se lo señala como uno de los mejores fotógrafos mexicanos.
La nada, lo que carece de lenguaje, lo que paradójicamente nombra al lenguaje, desde lo no dicho o lo dicho a medias. ¿Puede descifrarse la nada? Tal vez no por su estado neutro, por lo que sigilosamente murmura. Y ahí, solapadamente o no, puede aparecer el delito.
 
Ésa es la conclusión que, probablemente, desliza la visión de las obras ejecutadas por Cuevas.
 
 
Yael Martínez
 
Como ya se señaló en el prólogo de este texto, Yael Martínez aborda tres temas cruciales en las series incluidas en esta exposición, “El olvido”, “La raíz oscura” y “La casa que sangra”.
 
En “El olvido” muestra en primer plano momentos de los días finales de su abuela, el rostro atravesado por el dolor y, a modo de corolario, la infinita tristeza que causa ver la casa vacía. Claro que colocar al olvido como título de estas fotografías, alude al doloroso lugar que la familia y la sociedad otorgan a los ancianos y, centralmente, a la gradual disminución de los recuerdos ocasionada por la muerte.
Por su lado, “La raíz oscura” habla  del ineludible lazo con los pueblos prehispánicos y su gran riqueza cultural, una herencia que permanece inextinguible a través de los siglos.
 
“La casa que sangra” es el apartado medular de las fotografías que componen el acervo de Martínez. En ellas, su autor imprime el relato visual de una familia, la de su mujer, en la que hubo tres miembros desaparecidos a causa de la violencia y del crimen organizado que padece actualmente México.
Veamos algunas obras, no sin antes agregar que su autor hace un rodeo por los diversos ámbitos de la casa y sus habitantes. Con ese mirar sesgado, compone una metáfora y una poética de la ausencia.
 
En una de las imágenes la figura patriarcal, representada por el abuelo, sostiene con la mano su camisa blanca. Es una mano rugosa, enfocada para que sea el centro de la imagen, como testimonio del paso de los años y del lugar que ocupa en la familia. Y en otra foto, Yael duerme sobre el cuerpo de su mujer, como a él le gusta llamarla. Y en otra más, se lo ve en el momento en el que acaba de emerger del lugar donde se enterró, como una forma de representar la pérdida de su cuñado. Y está la imantada presencia del fuego en el que se cocinan los alimentos. Y hay más, mucho más en esta colección de escenas marcadas por la tragedia y por la belleza capaz de entrecruzarse con la tragedia.
 
Ya sé que son disciplinas distintas. No obstante, toda proporción bien guardada, me atrevo a relacionar el increíble uso de la luz que se observa en muchos cuadros de Tamayo con las fotografías más luminosas, de un intenso lirismo, realizadas por Yael Martínez. 
 
 
Rodrigo Sánchez
Aires de México
 
Un hombre con sombrero, inclinado sobre la mesa de un bar, comparte con otro un cigarrillo de marihuana. Mientras, la luz de la cámara se concentra sobre ese punto, sobre las manos que sostienen aquello que Barthes llamó el punctum, el sitio a partir del cual se despliega todo el sentido de la imagen. Es posible que en el exterior la noche esté colmada de enigmas, situaciones en suspenso, algo que sin duda está ocurriendo o a punto de suceder. No lo sabemos.
 
A diferencia de la pintura realista, que necesita obviamente un desarrollo en el tiempo, lo que nos entrega la foto es la captación de un instante cuya condición temporal es una suerte de punto cero. En tal contexto, podríamos decir que lo que constituye a ese punto cero es el vacío, la ceguera, un fulgor oscilante entre lo tangible y la nada.
 
Ahora bien,  cabe abrir una perspectiva, ciertas posibilidades narrativas que pertenecen al acervo de Rodrigo Sánchez, el autor de las obras que estamos comentando, allí donde la ficción se encauza hacia  otras fotografías. Entonces, podemos elegir una imagen en la que una pareja se besa en medio de la noche y de un callejón, mientras la luz se despliega aquí y allá sobre distintos sitios de la superficie. ¿Y qué acontece a esa misma hora en otros ámbitos que la cámara no capta o captará después?
 
Que tres niños haciendo piruetas, se recortan con increíble belleza en la niebla nocturna y que un grupo de rostros muy expresivos se adelantan hacia el primer plano de la imagen y que, en tono de broma, entrada la noche, en el mismo bar mencionado al principio de este texto o en otro, dos personajes masculinos desenvuelvan una comedia francamente risible. Uno de ellos toca la guitarra llorando, o parodiando el llanto, mientras el otro finge tocar un instrumento inexistente.
 
Y hay más, mucho más, en esta suerte de roce con la visión de un mundo tan lejano y, al mismo tiempo, tan íntimo.  Está el hombre de sombrero negro y rostro cobrizo, parado delante de un almacén, mirando a la cámara. ¿Qué habrá pensado en ese momento, en el instante en el que Sánchez le pide que pose para él? Lo cierto es que no lo sabremos nunca pero queda una sensación de soledad, de calma, y la premonición de que nunca nada inquietante pasará en ese rincón de pueblo, de uno de los tantos pueblos que existen en este inmenso país.
 
Rodrigo nombra a México y, a partir de ese acto de nombrar, con toda la densidad del nombre fija una condición, implícita en el título de su serie: “Aires de México”.
 
Lelia Driben
Curadora de la muestra

 
 
 
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