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Signos, trazas y huellas

Signos, trazas y huellas

Bea Ferretti

Del 16 de Mayo al 28 de Junio de 2015 - Inaugura: 12hs  - Entrada: libre y gratuita

 
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Bea Ferretti - Suelo de un ritual

Gilles Deleuze (1) propone que el acto de pintar debe afrontar su condición pre-pictórica, esto es, cierto caos del que surgirá el hecho pictórico. Un momento en que el artista percibe la dirección que tomara aún sin haber hecho nada. Una necesidad de limpiar ese caos con el que se viene, toda la información que posee y se proyecta sobre la tela en blanco que así nunca queda vacía.
 
En los procesos de trabajo de Bea Ferretti hay un esperar la manifestación de un significante al que la artista acecha por largo tiempo. La aparición inicial del caos es buscada a partir de untar la superficie de la tela con capas de pintura, con sobrantes que van dejando una textura casual.
El acecho, propio de la caza, implica una espera, un detenerse ante eso que todavía no llega.
 
Al mismo tiempo que ese ejercicio prepara y cimienta lo que vendrá, su propia percepción se va activando, va preparando el salto.
Esa condición pre-pictórica la pone frente a un modo de pintar de donde saldrá una pintura pura, una pintura que en su propio manifestarse se define como pintura.
 
Es necesario destacar que hace pocos años pintaba una figuración de paisajes y edificios y que la gestualidad que ya se esbozaba en esos trabajos quedaba comprimida en esas formas. En una evolución o depuración posterior comenzó a desprenderse de la referencia a objetos del mundo tomando riesgos en la apropiación de un lenguaje que dejaba crecer los signos puramente pictóricos. Este proceso quedó registrado en un escrito anterior sobre su obra:
 
“Abandona la necesidad representativa alejándose del edificio pero atrapando con su gesto pictórico la esencia que lo mantenía en pie.
Lo que va quedando de esa renuncia es cada vez más, la trama pura de la percepción interior del equilibrio.
Vertical.
Horizontal.” (2)
 
Algunas de las obras actuales han llegado de intervenir sobre aquellas primeras figuraciones quitándoles toda posibilidad de referirse a un objeto del mundo, pero tomando el aporte de la estructura donde se monta lo nuevo.
Si bien la idea de lo vertical y horizontal permanece se ha desarrollado algo más en su lenguaje en tanto que la percepción de la superficie gana presencia y dramatismo. No puede pensarse esta obra sin el sentido del tacto, el ojo busca esa textura delatada por la luz ya que además de la pintura es inevitable ver sombras producidas por el relieve de la pincelada o por el paso de una enorme espátula que deja su huella.
El tacto nos lleva a la materialidad, la materia, la mater, la experiencia de la tierra.
Algo de la tierra respira en la obra algo que nos lleva al origen.
 
Por eso es imperioso plantear el lugar del espectador en este proceso de obra. Ferretti no da un camino allanado por donde podamos transitar sin tropiezos, o donde nos sea simple comprender, ella nos lleva por el camino rugoso de la tierra, el que raspa los pies de la percepción y obliga a un esfuerzo.
Tampoco es posible desde estas palabras develar el misterio porque sería injusto reducir a una explicación algo que en su misma presencia supera cualquier límite.
 
La forma en que la obra se presenta trae en sí misma sus claves. El intento por transitarlas quedará en el acto de contemplación que de ninguna manera puede asociarse con pasividad sino con un estar
activando la conciencia a través del encuentro con esta pintura.
 
Una serie de cuadros verticales llaman la atención al sugerir la pincelada naciendo desde un espacio vacío, algo que se pone en movimiento desde la neutralidad del blanco-negro y va desplegando la aparición del color, suceden mezclas casuales en el empaste y la emergencia de un color dominante mientras otros subordinados juegan un contrapunto. Es en estos trabajos donde prosigue la relación vertical-horizontal de donde emana la experiencia de equilibrio.
 
En otra serie de mayor tamaño, capa sobre capa como suelo de un ritual que ha pedido su danza,
Bea Ferretti nos alza un solado primitivo delante de la vista, un regreso a una experiencia primaria que se manifiesta en la intrincada forma en que se entrelaza el óleo. Un llamado a enfrentarnos con eso que traemos todos los humanos y que tal vez se ha escondido de nuestra atención: el contacto con la tierra de la que estamos hechos y de la que dependemos para desarrollar la vida.
 
Unas pinturas en pequeño formato repiten los hallazgos y con absoluta contundencia se presentan dinamizando el color o capturando el gesto en la que infinitos signos aparecen como en capas, tal vez sea así como se estructure el recuerdo o la memoria y se hagan disponibles al presente.
En todas las obras la dinámica del moviento que conforma la huella del gesto de pintar es de tal energía que permite un recorrido por la superficie y a la vez una percepción del espacio. En ese viaje el espectador arriba a una estructura que está en la obra y ha sido hallada por la artista a fuerza de aquella espera o acecho, que ahora nos involucra, nos despierta preguntas, nos conmueve.
 
Cada pintura determina un punto de llegada pero también podría ser la apertura de un nuevo proceso pictórico. Remite a un ciclo, a un renacer, a un recobrar energías.
Podríamos pensar esta obra como un ritual de purificación, la artista ejecuta su danza desde la captación del caos pasándolo por la tierra en su esencia generadora de vida y en el gesto del trance atrapa las formas en que su percepción y su espíritu se conectan con la experiencia vital.
 
Y guarda un secreto que sólo puede ser compartido por el espectador en la experiencia delante de la obra, sin mediaciones, porque la conciencia encuentra aquí una maravillosa oportunidad para verse.
 
Lic. Luis Espinosa
abril de 2015

ARTISTAS PARTICIPANTES

 
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