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El viaje

El viaje

Carlos Carmona

Del 17 de Noviembre al 05 de Diciembre de 2014 - Inaugura: 19hs  - Entrada: libre y gratuita

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La tempestad nos ha alejado
al menos siete millas del puerto.
¡Cuando ya estaba tan cerca la meta,
aún me esperaba este contratiempo! (...)
.¡Desde las tierras del sur,
en tierras lejanas pensaba en ti!
Entre las tormentas y los mares
de tierras de moros, traigo algo para ti.
Niña mía, da gracias al viento del sur;
te traigo una cadenita de oro.
¡Ay, querido viento del sur,
sopla, sopla todavía! (…)
¿Será ella mi ángel?
En la terrible violencia
del tormento que me impulsa
a anhelar la salvación,
¿me está permitido conservar
esa única esperanza que me resta?
¿Puedo alimentar aún la ilusión
de que un ángel
se compadezca de mí?
¿Habré alcanzado el anhelado final
de estos tormentos
que me apesadumbran?(…)
Lleno de anhelo elevo mi mirada
a una mujer desde la profunda negrura de la noche;
pero la insidia de Satanás, ¡ay!, hace que mi corazón
palpite siempre para atormentarme.
¿Puedo yo, desdichado, llamar amor
a este sombrío fuego que siento arder aquí dentro?
¡Ay, no!Lo que anhelo es la salvación:
¡si me fuera deparada gracias a este ángel! (…)
Pregunta por todos los mares,
pregunta al navegante
que recorre los océanos;
él conoce este barco,
espanto de todos
los hombres piadosos:
¡el Holandés Errante me llaman!

El holandés errante” de Richard Wagner

 

Perdido en el mar, vagando sin rumbo, el navío se mese en el Río de la Platas llevando consigo una carga que no tiene nombre, solo una esperanza o un anhelo. Las ondulantes aguas trazadas con  precisión quirúrgica lo deslizan hacia un destino incierto pero con la firmeza del negro del carbón, que lo depositará en puertos deseosos de historias y relatos.

 

La línea es la conductora que marca el camino señalando el destino  y en la costa la espera, bajo la fortuna de las estrellas. El séquito macabro, engalanado con sus mejores trajes  y sus mascaras marcha cual comparsa de noche de carnaval, haciendo su llamado para que bajen de los altos, los habitantes de la ciudad, el ritmo lo marcan la línea y el punto, negros ambos, nítidos y profundos como la noche. 

 

Noche en la que los seres y monstruos sobrevuelan Buenos Aires, apoderándose de la metrópoli, ni los cafés quedan al resguardo de las tribulaciones. Tormentos y aflicciones mezcladas con palabras y bullicios, personajes del pasado y el presente confundiéndose en las mesas de los bares, tratando de descifrar el significado de las cosas.

 

Noche en la que el placer se ofrece a cambio de monedas, para aquellos desdichados que no conocen el amor y solo pueden comprar un rato de tiempo en una casa de la calle Moreno. El encanto de los contorneados cuerpos de las mujeres que esperan la llegada de los errantes marinos, para brindarles su sensualidad. La voluptuosidad de las líneas en el deleite de los sentidos  resalta el erotismo femenino, vedado para aquellos que  están malditos por sus ambiciones y solo la redención del amor verdadero  los liberará.

 

La sombras del azabache carbón y la melancólica tinta que se desliza en el papel, dejan tras de si, las mas maravillosas imágenes que Carlos Carmona plasma en sus obras. El universo imaginario, situado en la ciudad en la que vive, Carmona descubre los secretos escondidos de sus habitantes, pero no los revela del todo, solo algunos guiños para que el espectador complete lo que falta y haga suyo  el encantamiento y pueda redimirse como el Holandés errante logrando la libertad del espíritu.

 

Soledad Obeid - Noviembre 2014

 

Cartografía citadina

 

Por Jorge Garnica

Nacemos para morir. La vida es un viaje que comienza con nuestro nacimiento y nos conduce hacia una región incierta. Imaginamos un 'más allá' con categoría de 'más acá'. No existen indicios de un 'vida' después de la muerte. Nos aferramos a creencias para hacer tolerable nuestro pasar. El arte es una forma de religión; un dios menor que nos instala en una comarca descifrable en la que anhelamos trascendencia.

El universo de Carlos Carmona proviene de los juegos de la mente. Interioridad. Sus obras reflejan un mundo laberíntico, aquello que emerge de lo profundo del ser urbano. Mediante la representación de arquetipos delirantes, plasma voces lejanas, sólo audibles por él. Iconos provenientes del tamiz de su sensibilidad. Cuenta con la aprobación que los hechos le otorgan: acciona, documenta.

En oportunidades ha declarado que su actividad previa es observar el comportamiento humano en las calles, para luego subvertirlos en relatos gráficos.

Actúa como un narrador-filósofo, cuenta, reescribe. Buenos Aires es la ciudad oculta en sus paisajes de edificaciones imprecisas. Es la cultura popular, la inflexión que nutre aquello que narra. A diferencia del ya legendario Alejandro del Prado, Calé, no reproduce un pintoresco “Buenos Aires en camiseta”; sino que reelabora meditativamente amparado en el virtuosismo de su técnica: cuenta en viñetas lo que 'vio' . Nos introduce en las afiebradas elucubraciones del hombre corriente, sus delirios. Funámbulos sociales; nuestra novela familiar. El “mundo” desplegado por Carmona es cáustico, connota lo invisibilizado; denuncia paródicamente. Por íntima, su marca, tiene el tono de aquello que parte del silencio y la soledad. Son fetiches (cromos) que neutralizan los horrores cotidianos como la sonrisa social de un infante que busca protección.

Se trata de una colección monstruosa de objetos simbólicos, que representan la mediocridad a la que estamos expuestos al aceptar el imperativo de lo cotidiano: arrastrándonos por la ciudad sin otro fin que el satisfacer la idea del 'buen hombre'. Su buen nombre.

En sus rigurosas composiciones existe una velada discontinuidad, un montaje que no obedece solamente al disloque semántico, sino a un discurso totalitario, que estalla el yo. Hay un germen común en los personajes de Carmona y aquellos habitantes que retrataba Calé, que impúdicos se exhibían en veredas y zaguanes; y estos que hoy se congregan en torno a la mesa familiar a celebrar obscenidades mediáticas. Pero en el presente el hombre está más acotado aun, delimitado; sigue en camiseta, encerrado en su comedor con aire acondicionado.

Decía Rodolfo Kush que el hombre occidental, en el pasado, había renunciado a su libertad en pos de su seguridad: alejándose de la ira de Dios (la naturaleza) se sometió a la violencia del semejante poderoso; intramuros. Sometiéndose al Otro que le garantizaría alimento y seguridad; si asimilaba las reglas; claro... El costo de aquella transacción metafísica sería el precio que aún pagamos: el cautiverio de nuestros sueños. Los vehículos mecánicos de Carmona metaforizan este estado de las cosas: seres desangelados, maniquíes, iconos de la era industrial que resisten y orbitan recorriendo la ciudad: esperpentos maquínicos; rémora fordista.

En las obras de Carlos Carmona se constata el respeto por el oficio del artista plástico; conoce bien su técnica. Lo que aporta a favor de una meditación. Es el 'hacer' lo que regla su producción, especifica, en cuidadosos signos sus observaciones.

La producción de Carmona podríamos encuadrarla en lo que el crítico Jorge Glusberg llamó 'Cultura de lo surreal'. Generacionalmente, le es propio. Hay sacralidad en la invención de sus seres patéticos, criaturas de una comedia humana que resisten a pesar de todo . Tienen entidad; existen fácticamente.

No hay humor en sus obras; en ellas coexisten el rigor académico y la irreverencia arltiana. La remisión a Roberto Arlt es inevitable, ya que nadie como el genial escritor -contrafigura de Jorge Luis Borges- ha captado la sordidez del porteño medio.

Estamos frente a aguafuertes que grafican los delirios de los hombres grises que viven sin mañana. Burgueses muy pequeños que sostienen el sistema que odian. Pululan, sobrevuelan, nuestras cabezas en máquina ridículas; extensiones de su cuerpos introyectados.
 

Buenos Aires, 21 de noviembre de 2014.

 

ARTISTAS PARTICIPANTES

 
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